El declive de un conocimiento ancestral que puede ayudar a enfrentar las crisis del sistema: plantas medicinales

Publicado por Sebastián Alonso De los Heros en Mayo 19, 2020

La medicina ancestral ha sido parte fundamental para el buen desarrollo de los pueblos indígenas en todo el mundo. Particularmente, la Amazonía cuenta con un sinfín de testimonios vivos e investigaciones científicas que corroboran la efectividad de su flora con fines curativos. La riqueza de esta sabiduría la hemos visto retratada en la tradición de la etnia Shipibo-Konibo, la cual, pese a los imperiosos retos de la globalización, ha sabido mantener el sentido de esta práctica, aunque con cierta incertidumbre sobre su futuro. A pesar de los loables esfuerzos, hoy vivimos un proceso de declive transgeneracional: las madres y los sabios están dejando de enseñar y los jóvenes están dejando de aprender.

Esta compleja situación no es casual, sino que responde a la manera como se han ido tejiendo las relaciones sociales de la mayoría de pueblos indígenas con una sociedad predominantemente influenciada por las costumbres occidentales. En esta estructura socioeconómica, las oportunidades de “prosperidad” se desarrollan más en los centros de las ciudades, dejando a las periferias y sectores rurales en condiciones de vulnerabilidad, con menor acceso a los servicios básicos del Estado. Y es que dicen que una vez dentro de la máquina, solo queda ir al corazón: la capital. 

En un mundo socialmente diseñado para producir y consumir sin descanso, es razonable que algunas prácticas tradicionales pierdan valor utilitario. Si migras a la ciudad, trabajas de 8 a 12 horas al día, apenas tienes tiempo para algunas actividades adicionales y no tienes casa propia ¿qué resulta más práctico, comprar en una farmacia o cultivar tus plantas medicinales? Los padres y madres Shipibo no son excepciones en estos regímenes laborales, e incluso son muchas veces presas de un empresariado que se aprovecha de la necesidad para generar empleos informales de baja remuneración y desprotección legal- y una de las estrategias conocidas del neoliberalismo es destrozar las defensas legales y políticas de los/as trabajadores-. La motivación del trabajo en estas condiciones, para muchas familias Shipibas, es que sus hijos e hijas logren culminar sus estudios y salgan adelante con alguna carrera técnica o profesional; Estos jóvenes, progresivamente, salvando algunos que sí luchan por preservar y darle valor a sus tradiciones, van dejando de percibir la artesanía, el uso de la tierra o el aprendizaje en salud tradicional como algo relevante y, sobre todas las cosas, útil. 

Las estructuras de la mayoría de espacios urbanos poco o nada han considerado las áreas verdes productivas, lo que se vuelve un obstáculo adicional para las familias Shipibas que migran a la cuidad. Las plantas, mientras más espacio tengan - aunque no sea indispensable-, mejor rendimiento tendrán y lo poco que las ciudades conservan son jardines y parques que tiene pasto o flores, evidenciando sus fines ornamentales y no productivos. En tal sentido, se hace difícil fortalecer una cultura de aprovechamiento de espacios verdes, y más aun medicinales. 

Cabe resaltar que el escenario no es absoluto. En zonas rurales, estas tradiciones siguen siendo vitales, dado que los sistemas de salud pública del Estado son muy precarios. En estos tiempos de cuarentena, muchas familias están utilizando técnicas tradicionales con plantas para protegerse del virus - un ejemplo es el uso diario de la mucura-. No obstante ello, el trabajo artesanal, agrícola familiar o de atención con medicina tradicional es muy poco valorado en el mundo global. Si bien encontramos una población minoritaria que reconoce estas actividades que son sustento de muchas familias rurales, no ocurre lo mismo con el modo de producción y la sociedad de consumo masivos que tenemos, los cuales precarizan estas actividades y las conducen hacia la extinción.

Pese a ello, es importante resaltar que existe una resistente organización de madres artesanas, curanderas, promotoras de salud intercultural, creadoras de medicinas tradicionales y productores medicinales que no van a permitir que esta práctica, tan útil y efectiva, desaparezca. Y esto sea, quizás, la motivación que nos conduce a querer sumar a la causa, aportar desde nuestras posibilidades. Crear medicina en nuestro suelo rico en nutrientes, heredado de una selva que antes de ser cubierto con cemento o madera, fue sustrato. Fue planta.

Entendemos, entonces, que la inserción parcial o completa de las familias o comunidades Shipibas a ciertas dinámicas socioeconómicas y culturales de la globalización, que las ha ido colocando, en su mayoría, en una posición de vulnerabilidad, ha sido un factor determinante en torno al desuso progresivo de plantas medicinales

Tenemos una tarea enorme quienes deseamos que la práctica de la medicina ancestral Shipiba se sostenga por los valiosos aportes que ofrece para tiempos de crisis como este. El Covid-19 nos ha abierto los ojos a un discurso que se había sembrado hace mucho tiempo: la autosuficiencia. Si tienes un hogar o algún espacio libre, siembra tus plantas medicinales o comestibles, sin miedo a equivocarse. Hagamos comunidad y generemos barrios solidarios, con jardines solidarios, huertos solidarios. 

Luchar por un sistema de salud pública de calidad es nuestro deber, porque tenerlo es un derecho, pero es importante también saber que el sistema puede quebrarse (como ahora) y quizás sean las plantas medicinales y los huertos comestibles quienes son salven del hambre y la enfermedad en un mundo que, cada día, nos va dando la razón de que, quizás, somos nosotros, los seres humanos, el Covid-histórico del mundo.


Raomis Carolina Mahua - Foto: Gabriela Delgado Maldonado

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